Estaba sentado en el sillón de terciopelo gris en la esquina de la habitación, con una pierna cruzada sobre la otra de forma casual, como si fuera el dueño del aire que ella respiraba. Y, por supuesto, lo era.
-Llegas tarde -dijo él, consultando un reloj de pulsera que valía más que la educación universitaria de cualquiera.
Valeria se aferró a la toalla, sintiéndose repentinamente desnuda. El nudo en su pecho se apretó.
-Estaba... estaba duchándome. ¿Qué haces en mi habitación? Greta dijo que esta era mi...
-Esta es mi casa, Valeria -la interrumpió con voz suave, poniéndose de pie-. No hay "tu habitación". Hay habitaciones que te permito usar. Esa es la diferencia.
Caminó hacia la cama, donde había una gran bolsa de basura negra industrial. Valeria frunció el ceño, confundida, hasta que vio una manga de tela blanca asomando por la boca de la bolsa.
Era su traje Chanel.
-¡Eso es mío! -exclamó, dando un paso adelante antes de recordar que solo llevaba una toalla.
Dante tomó la bolsa con una mano, como si no pesara nada, y la dejó caer al suelo. El sonido fue sordo, final.
-Era tuyo -corrigió-. Te lo dije en la oficina. Odio el blanco. Te hace parecer... frágil. Y no necesito fragilidad. Necesito eficiencia. Necesito que el mundo vea que eres mía, no la princesita de papá.
Señaló la cama con un gesto de la barbilla.
Sobre el edredón gris, extendido con una precisión casi militar, había un conjunto de ropa. No era un uniforme de secretaria convencional. No había blazer cuadrado ni pantalones holgados.
Era una falda lápiz de cuero negro de talle alto, diseñada para ceñirse como una segunda piel y restringir el paso lo justo para obligarla a caminar con un balanceo provocativo. Junto a ella, una blusa de seda color vino tinto, traslúcida y delicada, con un escote en V profundo. Y en el suelo, unos tacones de aguja de diez centímetros, negros y brillantes como el charol, con una suela roja que gritaba peligro.
-Tu nuevo uniforme -anunció Dante, observando la reacción de ella con una satisfacción fría.
Valeria miró la ropa y luego a él, horrorizada.
-No voy a ponerme eso. Es... indecente. Parece ropa de... de...
-¿De qué? -Dante arqueó una ceja, desafiante-. ¿De una mujer que sabe lo que tiene? ¿De una propiedad valiosa?
Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que el calor de su cuerpo atravesó la distancia. Valeria retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared fría. Dante apoyó una mano en la pared, justo al lado de su cabeza, atrapándola.
-Escúchame bien, Valeria. Esta es la Primera Regla: Tú no eliges.
Bajó la voz a un susurro ronco que le erizó la piel.
-Yo elijo qué comes. Yo elijo dónde duermes. Y yo elijo cómo te vistes. Esa ropa cuesta cinco mil dólares. Es elegante, es cara y, sí, es provocativa. Porque quiero que cuando entres a una sala de juntas, todos los hombres dejen de respirar. Quiero que me envidien. Quiero que sepan que la intocable Valeria de la Vega ahora lleva mis colores.
Valeria tembló, no de frío, sino de una mezcla de furia y miedo. Podía sentir la mirada de Dante bajando por su cuello, deteniéndose en el borde de la toalla que apenas cubría su pecho.
-Tienes cinco minutos para vestirte -dijo él, apartándose bruscamente-. Si no sales vestida en cinco minutos, entraré y te vestiré yo mismo. Y te aseguro, princesa, que no seré delicado.
Dante se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta.
Valeria se quedó paralizada un segundo, escuchando los latidos frenéticos de su corazón. Miró la bolsa de basura con su vieja vida. Miró el "uniforme" sobre la cama.
Con manos temblorosas, dejó caer la toalla y comenzó a vestirse.
La seda fría de la blusa se sintió extraña contra su piel. La falda de cuero subió con dificultad, moldeando sus caderas y cintura con una presión casi obscena. Se sentía expuesta, marcada. Cuando se calzó los zapatos, se dio cuenta de que cambiaban su postura, obligándola a arquear la espalda, a sacar el pecho.
Se miró en el espejo de cuerpo entero.
La mujer que le devolvía la mirada era hermosa, sí. Pero parecía peligrosa. Parecía una femme fatale de una película noir. Parecía la amante de un gánster.
Respiró hondo, se tragó las lágrimas y salió al pasillo.
Dante la esperaba al final, apoyado contra el marco de una puerta, revisando su teléfono. Al escuchar el clic-clic de los tacones, levantó la vista.
Se detuvo.
Por una fracción de segundo, Valeria vio algo en sus ojos grises que no era odio. Era hambre. Un deseo puro, crudo y masculino que la golpeó en el estómago. Dante la recorrió con la mirada, desde los zapatos de suela roja hasta el escote de la blusa, deteniéndose en sus labios.
El silencio se alargó, denso y cargado de electricidad estática.
-Date la vuelta -ordenó él, con la voz más ronca que antes.
Valeria apretó los puños, pero obedeció. Dio una vuelta lenta. La falda se ajustaba perfectamente a sus curvas.
-Suficiente -dijo Dante. Se aclaró la garganta y su máscara de indiferencia volvió a caer sobre su rostro, aunque sus ojos seguían oscuros-. Te queda... aceptable.
Caminó hacia ella, deteniéndose a su espalda. Valeria sintió su aliento en la nuca y se estremeció. Él extendió la mano y, con un movimiento lento y deliberado, soltó el botón superior de su blusa, abriendo el escote un centímetro más.
-Ahora está perfecto -susurró cerca de su oído-. Vamos. El café no se va a servir solo. Y tienes mucho que aprender sobre cómo complacerme.
Dante pasó por su lado, rozando su hombro con el suyo, y se dirigió hacia la cocina.
Valeria se llevó la mano al pecho, donde la piel aún ardía por su cercanía. Se sentía humillada. Se sentía objetificada. Pero, en lo más profundo de su ser, una parte traicionera de ella sintió una descarga de adrenalina.
El juego había comenzado. Y Dante Volkov jugaba sucio.